Estar bien Ibero

Cortar

 

Corté hace dos semanas.
No sé bien por qué y no entiendo lo que me pasa.

Quiero saber qué hace, dónde, con quién. Justo ahora sé dónde debería de estar, pero no hay forma de asegurarlo.

No dejo de escuchar la misma canción. Siento que se escribió para mí.

Tengo sus cosas. ¿Qué hago con ellas? Debería regresarlas pero… me gusta tenerlas, tocarlas. Me quedé los boletos del concierto. ¿Le regreso el suyo o invito a alguien más? Ya tampoco iremos a la boda; no tengo con quién ir. Se cancelan todos nuestros planes. Íbamos a ir a Cuba.

Miro sus fotos. Me gusta más que nunca. No sé si ver las nuevas, no sé si quiero saber. No lo puedo resistir. Releo sus mails y repaso nuestras conversaciones de whatsapp. Me siento ridículo por recordar su voz. Me muero por un beso.

Cualquier llamada o mensaje creo que puede ser suyo; lo espero. Es horrible cuando el número es extraño o sin identificar. Hasta llego a imaginar que se perdió alguna comunicación, falló la señal. Le voy textear lo que sea. Lo justificaré como error. Necesito un buen pretexto. No me busca, quiere perder el contacto. Me desespero al ver mi celular, lo reviso varias veces: no me puedo separar.

Por donde voy reconozco su coche. Bueno, no el suyo, sino su modelo. De primera impresión siempre creo que está ahí; hay demasiados coches como ese, podría estar en cualquier parte. Mi cuerpo se tensa cada vez que escucho su ringtone. Odio ese ringtone.

Creo que pienso en esto más de lo que me doy cuenta, todo me lo recuerda y con cualquier pretexto me acosa su imagen.

Cuando voy a un restaurante imagino qué platillo escogería, si veo una película anticipo su opinión; en todos lados reconozco “su estilo”. En cada tienda pienso que le habría comprado ese regalo.

Esto se acabó, a otra cosa, debo evitarlo. El territorio está dividido; mi barrio, mis amigos, mis bares. Y los suyos. Es básico respetar lo que es de cada uno. Eso ayuda. Si cruza la frontera es que me quiere ver. Voy a ir al cumpleaños de su amigo: un encuentro casual, indiferente. Que se sorprenda, que no sepa qué hacer, que dude en cómo presentarme; quiero forzar una explicación de lo que pasó. Me pondré el regalo que me dio. No quiero acercarme al alcohol, no quiero hablar mal, de más, no sé qué podría decir. Me aterra malacopear. No me voy a controlar. ¿Vendrá a la fiesta de mi amiga? Quiero que nos veamos. Tengo sus papeles, tiene mi disco y dos libros; inventaré algo.

No, para qué, tenemos que terminar aquí. Parecerá que ruego por su compañía. Tengo que aprender a soportar la soledad. Hasta en momentos de aislamiento imagino escenas, invento diálogos, conversaciones perfectas en donde todas las frases encajan, la reciprocidad es completa y el final triunfal. En ellas sé cómo se siente, entiendo todo, consigo explicar que el lazo se rompió desde antes, aceptamos que fue la mejor decisión y ambos sabemos, con resignación, que con nadie volverá a ser igual. Si tan sólo alguna vez hubiera conseguido tanta claridad.

A ver, sinceridad: ¿Quiero volver? ¿Me extrañará? ¿Preguntará por mí? ¿Si le escribo me contestará? ¿Aceptará un café? ¿Le interesará volver? No quiero que me duela más.

Tengo que hacer cosas, ocuparme, olvidarme de todo esto. Aprovecharé para trabajar más, leer, haré ejercicio; tengo ganas de empezar a correr. Mejor buscaré a alguien más, una pareja temporal, tal vez sólo por una noche; cuando quiera la puedo conseguir. Seguro que no me gustará tanto, pero no me importa. Cuando consiga nueva compañía, ojalá y me vea y se arda y se arrepienta de cortar. Seguro hace lo mismo: estará en un bar, liga, consigue amantes. Es más, tal vez ya tenga pareja; o ya tenía pareja, eso seguro. Me mintió; los incesantes mensajes que recibía… ahora puedo atar cabos. Nunca me quiso. Todo esto es su culpa.

Voy a espiar su Facebook. Estoy seguro de que ese status me lo escribió a mí. Yo le dirigí uno que sólo los dos entendimos; esta debería de ser su respuesta. Me aburre Facebook; no pasa nada, pero aquí sigo, por si ocurre algo. Soy patético. Voy a checar su mail. ¿Habrá cambiado su contraseña? Sólo hay una forma de saberlo; tengo que cambiar la mía. En Twitter aún me sigue. ¿Y si nos bloqueamos de todo? Sería increíble actuar primero, pero se vería muy ardido. Y quiero saber qué hace, qué dice, quiénes son sus nuevos “amigos”. Aquí todo mundo coquetea, algunos ligan: las coincidencias no existen, hay que detectar los patrones, verificar cualquier conexión, definir una estrategia. Aquí se rompió algo.

 

Pablo Gaitán Rossi
EQUIDE-Salud Ibero

pablo.gaitan@ibero.mx

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